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A 150 Años: La Historia De El Capital De Marx -Teoría- (Cuarta Parte)

Escrito por David García Colín Carrillo y Ninnette Torres Ramírez

Los libros “Trabajo asalariado y capital”, “Contribución a la crítica de la economía política”, “Salario precio y ganancia” y los tres tomos de “El Capital” constituyen el principal legado teórico de Marx en lo que respecta a su revolución de la economía política. En estos libros se encuentra el núcleo de la teoría del valor, la fuerza de trabajo, el capital, el dinero, la plusvalía y -en general- la explicación más completa que existe sobre el modo de producción capitalista, su surgimiento, desarrollo, decadencia y muerte. Hemos tratado de exponer el origen de estos libros pero hemos querido desarrollar la exposición sintética de la teoría económica marxista aparte, de otra manera la exposición teórica quedaría fragmentada y esto no ayudaría a la exposición. Lo que pretendemos es exponer a continuación las ideas esenciales, luego explicar cómo Marx pudo resolver paradojas que los teóricos burgueses (incluso sus mejores exponentes) fueron incapaces de resolver -estas paradojas son presentadas por Marx en su “Contribución a la crítica de la economía política”- y dejar al final algunas reflexiones sobre el método dialéctico que usó Marx en su hazaña teórica.

La mercancía y su contradicción

La célula fundamental del capitalismo es la mercancía pues este sistema mercantiliza todos los productos y aspectos de la vida. Así como en la información genética de la célula existe oculta la información necesaria para reproducir un ser humano completo, en la célula capitalista –la mercancía- existen latentes las contradicciones que explican el desarrollo del sistema en su conjunto. La mercancía se convierte en un medio para explotar la fuerza de trabajo, es decir, la mercancía se convierte en capital. A diferencia de lo que mucha gente cree- pues ha aprendido a sacralizar el dinero- las mercancías no han existido siempre de forma omnipresente. La mercancía es producto de una relación social históricamente determinada.

En las sociedades de cazadores recolectores los productos del trabajo humano no se convertían en mercancías sino que se trataba de valores de uso que el clan o la tribu consumía directamente, simplemente porque apenas existía un sobrante sobre las necesidades de consumo de la comunidad. En los modos de producción precapitalistas dominaba la “economía natural” que se orienta al consumo directo de lo que se produce. Sólo de forma excepcional algunos excedentes -por ejemplo pieles, piedras raras, carne seca, etc.- se convertían en mercancías, pero aún así ese intercambio marginal -aunque de cierta importancia en el incipiente intercambio cultural primitivo- no jugaba un papel relevante en la simple y directa vida productiva del paleolítico.

La producción regular de mercancías requiere de la posibilidad de generar un excedente constante y esto, a su vez, no fue posible más que con el desarrollo de las fuerzas productivas a un cierto punto, con la división del trabajo y la división de la sociedad en explotadores y explotados, con el surgimiento de la propiedad privada. Incluso con el surgimiento de los primeros Estados y civilizaciones de la antigüedad, el intercambio mercantil -que ciertamente se realizaba de forma regular y a largas distancias- era monopolio estatal y abarcaba poco más que artículos de lujo para la realeza, “faraones” y “tlatoanis”. Sólo en el capitalismo la relación mercantil se vuelve dominante. Estudiando las contradicciones de la mercancía se puede desentrañar la dinámica y funcionamiento del capitalismo -esto fue, precisamente lo que hizo Marx de forma exhaustiva en El Capital-.

La mercancía es un objeto producido con el fin de ser intercambiado. Como tal tiene una utilidad (valor de uso) y un valor de cambio (la proporción en que la mercancía se cambia por otras). El valor de uso de la mercancía -como el de cualquier objeto útil, sea mercancía o no- está determinado socialmente, es la sociedad la que impone ciertas necesidades que evolucionan, perecen y se transforman. La utilidad de un objeto está determinada por las propiedades objetivas –reales o supuestas- que son consideradas como útiles por la sociedad.

Pero la proporción en que una mercancía se intercambia por otra no depende de sus propiedades objetivas -pues se trata de objetos diversos (por ejemplo piel que se intercambia por pescado)- sino del trabajo que es lo único que tienen en común ambas mercancías. Ser producto del trabajo humano es el único criterio viable que se impone en el intercambio mercantil por un largo proceso histórico de ensayo y error.

El intercambio de mercancías implica propietarios privados que ofrecen sus mercancías a otros propietarios privados, esto supone un desarrollo de la sociedad tal que haya hecho surgir cierta división social del trabajo en la cual los productores directos no producen todo lo que necesitan, no son autosuficientes y, además, ha surgido la propiedad privada. Por ejemplo, el surgimiento de la metalurgia supone un trabajo de tiempo completo y con artesanos que deben procurarse toda clase de objetos que ya no pueden o ya no saben producir. Si este productor no es mantenido por el Estado -como solía suceder en los estados antiguos donde el Estado era el gran comerciante- el productor deberá encontrar en el mercado aquello que necesita. Con la subsecuente división del trabajo -por ejemplo la ganadería y la agricultura, el campo y la ciudad, artesanos y campesinos, etc.- crecen los espacios para el desarrollo de las relaciones mercantiles que van disolviendo a la comunidad primitiva y crece, también, la concentración de poder y riqueza en un solo polo. Un excelente complemento a la historia del surgimiento del dinero hasta la formación de precios y ganancia media en “Complemento al prólogo” del Tomo III de El Capital. Éste es muy interesante pues analiza el surgimiento del valor de cambio desde tiempos primitivos.1

El surgimiento del dinero y sus funciones, el fetichismo de la producción mercantil

Con el desarrollo del mercado abarcando cada vez más esferas de la producción va surgiendo la necesidad de encontrar una mercancía que sirva como medida del valor de todas las demás. Inicialmente el mercado marginal tomaba la forma de trueque cuya fórmula es M-M, es decir, mercancías que se intercambian directamente. En el trueque la venta y la compra son simultáneas, a los valores de uso no se han escindido de su forma de valor de cambio. Pero con el desarrollo de la economía mercantil esta fórmula se vuelve obsoleta puesto que, por ejemplo, el que ofrece piel no necesariamente quiere el producto del pescador que necesita aquélla mercancía, sino puntas de lanza de alguien que no quiere piel.

Los productores comienzan a ver en una mercancía particular la mercancía por excelencia, con la cual medir el valor de todas las demás. El intercambio mercantil hace aparecer dinero, o un equivalente general del valor de todas las mercancías. Las sociedades antiguas, encontraron esa medida en el ganado, la sal, las pieles y hasta los esclavos -entre otros ejemplos-. Por un largo proceso de ensayo y error las sociedades antiguas encontraron en los metales preciosos ese equivalente general, pues metales como el oro y la plata- con alto valor producto de su extracción- y propiedades materiales, como su divisibilidad, durabilidad, maleabilidad, etc., las hacen inmejorables para esa función social.

Marx estudia las funciones del dinero en su “Contribución a la crítica de la economía política” y en el primer volumen de El Capital. En primer lugar, el dinero como equivalente universal del valor ejerce su función en dinero en la forma de precio, el cual se calcula de manera imaginaria o abstracta (cuando vemos el precio de una mercancía en el Walmart, por ejemplo, la mayoría de las veces no la compramos, sólo calculamos magnitudes de valor); por el contrario, el acto real de compra requiere dinero “contante y sonante” que posibilita la circulación real de la mercancía –y permite al dinero circular constantemente y sin cesar- aquí se revela al dinero como medio de circulación y al mercado como un circuito infinito de compras y ventas, relaciones mercantiles que son el cemento de una sociedad de individuos privados -y egoístas en consecuencia-. La diferencia entre el dinero como medida de valor y como medio de circulación –sin bien se trata de funciones complementarias y vinculadas- permite entender el surgimiento de los simples “signos de valor” o monedas y billetes sin valor real: el dinero como medio de circulación implica el desgaste de las monedas y que en ciertos momentos los signos del valor no coincidan con el valor que realmente contienen, por tanto, surge la posibilidad de sustituir las monedas con simples fichas o papeles sin valor alguno. Por supuesto que estas fichas no pueden emitirse de forma arbitraria por el Estado, deben corresponder con una cierta suma de valores que respalde a dichas monedas y billetes –primariamente oro y, después del “tratado de Bretton Woods”, dólares (pues el imperialismo norteamericano, después de la Primera Guerra Mundial, se apropió de las ¾ partes del oro del mundo)-. Con el desarrollo del capitalismo el dinero se convierte, también, en medio de pago, es decir, en medio para pagar créditos –aquí la venta de la mercancía se separa de su pago y se le permite temporalmente al capitalismo ir más allá de sus límites naturales a costa de acumular más contradicciones- y en dinero mundial. En realidad todas estas formas del dinero ya estaban más o menos presentes en la antigüedad –en Roma no pagar una deuda podía convertir a hombres libres en esclavos- pero es en el capitalismo donde estas formas se desarrollan hasta el fin.

En la capítulo del Tomo I, “el fetichismo de la mercancía y su secreto” Marx ahonda en el fenómeno de la alienación capitalista que ya había explorado en los manuscritos de 1844 pero ahora enfocado desde el punto de vista de la teoría del valor. En la producción mercantil las relaciones entre las personas se presentan como relaciones entre cosas. Los propietarios privados se vinculan a través del mercado como portadores de mercancías y, con el surgimiento del dinero como mercancía universal, la relación social mercantil se desdobla en un valor de cambio que se separa de la mercancía y del hombre mismo. El producto de una relación social específica e histórica se materializa y se enfrenta a los dueños de mercancías y a los productores. El pensamiento religioso y fetichista atribuye propiedades místicas a los objetos, el capitalismo atribuye a las cosas relaciones sociales y trata a las personas como cosas o como sujetos que valen sólo porque representan cosas. Marx explica que:

Lo que aquí reviste, a los ojos de los hombres, la forma fantasmagórica de una relación entre objetos materiales, no es más que una relación social concreta establecida entre los mismos hombres. Por eso, si queremos encontrar una analogía a este fenómeno, debamos remontarnos a las regiones nebulosas del mundo de la religión, donde los productos de la mente humana semejan seres dotados de vida propia, de existencias independientes relacionadas entre sí y con los hombres”.2

La fórmula del capital

No toda producción de mercancías implica capitalismo. La producción mercantil simple -prevaleciente en las sociedades precapitalistas- es representada por Marx con la fórmula M-D-M, es decir, una mercancía que se cambia por dinero para comprar otra mercancía del mismo valor. El principio y el fin de la ecuación es la mercancía como valor de uso, lo que se pretende aquí es adquirir un objeto útil del mismo valor de cambio. Ya con el surgimiento del dinero como medio de circulación presenciamos la separación entre la compra y la venta y la posibilidad abstracta de la crisis: de que el poseedor de mercancías no encuentre comprador y que, por tanto, el trabajo contenido en ella haya sido inútil o irrealizable. Esta posibilidad abstracta se volverá en inevitable con la conversión de la mercancía en capital y la inversión de la fórmula del intercambio mercantil en fórmula de producción capitalista.

Al capitalista lo que le importa no es el valor de uso de sus mercancías, ésta es sólo un medio para acrecentar su dinero, para obtener una ganancia. La fórmula general del capital es D-M-D” (donde D” es dinero acrecentado). Pero hemos visto que el intercambio mercantil supone el cambio de equivalentes, es decir, de mercancías con el mismo valor de cambio. El capitalismo como sociedad productora de mercancías no violenta la ley de equivalencia del intercambio mercantil. El capitalista no puede obtener su ganancia por medio de la circulación: si la ganancia proviniera de vender más caro, lo que el capitalista obtuviera como vendedor lo perdería eventualmente como comprador -puesto que otros capitalistas también obtendrían su ganancia de vender más caro-. Incluso si el capitalista logra vender más caro a costa de los demás, este resultado no crearía valor, sólo redistribuiría un valor ya existente. Si el valor de cambio de la mercancía está determinada por el trabajo socialmente necesario es sólo en la producción donde se puede encontrar la fuente de la ganancia del capitalista.

La producción mercantil supone el intercambio, la confrontación de las diversas mercancías entre sí entre diversos dueños privados. La producción mercantil supone una relación social. Debido a esto, si el trabajo invertido en la producción de una mercancía es socialmente inútil -por ejemplo, la producción de un modelo de computadora que nadie usa- esa mercancía no tiene valor aunque hayan invertido 8 horas de trabajo producirla -frente a las 4 horas invertidas en una computadora de última tecnología-. Es por esto que el valor de las mercancías está determinado por el trabajo socialmente necesario invertido en ellas -no por el trabajo concreto, sino por el trabajo abstracto, no por el trabajo complejo, sino por el trabajo simple, no por la cualidad de ese trabajo sino por la simple cantidad de tiempo que se invierte en su producción-. Marx explica que “cuando decimos que el valor de una mercancía se determina por la cantidad de trabajo encerrado o cristalizado en ella, tenemos presente la cantidad de trabajo necesario para producir esa mercancía en un estado social dado y bajo determinadas condiciones sociales medias de producción, con una intensidad media social dada y con una destreza media en el trabajo que se invierte”.3 Como el intercambio mercantil supone la interacción de un número muy grande de propietarios privados se impone las leyes estadísticas de los “grandes números”, así como del choque de las partículas de un gas contenido surgen dialécticamente leyes específicas estudiadas por la termodinámica.

El secreto de la plusvalía

El dinero se convierte en capital cuando el capitalista puede comprar en el mercado una mercancía especial que tiene el valor de uso -la utilidad- peculiar de ser fuente de valor. Esta mercancía es la fuerza de trabajo, cuya utilidad -para el capitalista- es el trabajo mismo. Lo que Marx descubrió -logrando resolver las paradojas que torturaban a la economía política clásica- es la diferencia entre trabajo y fuerza de trabajo. El capitalista paga al trabajador su fuerza de trabajo -por un periodo de tiempo determinado (10 horas, por ejemplo)- pagando al trabajador el precio de su fuerza de trabajo, que es el monto para reproducir a esa fuerza de trabajo, es decir, para alimentarse, vestirse, alojarse y reproducirse; o más precisamente, los medios de subsistencia para mantenerse vivo. Este cambio mercantil se hace siguiendo todas las reglas del mercado, el capitalista -suponiendo que paga un salario “justo”- le paga al trabajador la suma de valores equivalentes al trabajo socialmente necesario para producir al trabajador.

Pero el capitalista compra la fuerza de trabajo no con el simple fin de mantener vivo al trabajador, sino para utilizar el valor de uso de esa mercancía -de la misma manera que compramos una computadora para usarla-, es decir, la compra para ponerla a trabajar. Pero en la jornada de trabajo el trabajador reproduce no sólo el valor de su propia fuerza de trabajo -el salario que el capitalista le pagó, trabajo que Marx llama “trabajo necesario”- sino que mediante un “plustrabajo” crea un valor adicional que Marx llama “plusvalía”. Así, si en 6 horas, por ejemplo, el trabajador reproduce su salario, en las siguientes 4 horas producirá plusvalía. Al tiempo donde el trabajador produce plusvalía Marx lo denomina “trabajo excedente”. Este descubrimiento desnuda el carácter explotador del capitalismo. En última instancia la lucha de clases en el capitalismo es la lucha por la plusvalía, lo que explica el carácter antagónico e irreconciliable de los intereses del proletariado y la burguesía. La plusvalía es la fuente de los “dividendos” que se reparte la clase dominante en su conjunto, incluso de aquélla parte que no invierte en capital productivo: la ganancia (industrial y comercial), la renta de la tierra (marginal y absoluta) y el beneficio (bancario y financiero).

Pero para que los capitalistas puedan encontrar en el mercado fuerza de trabajo y para que, por otra parte, la industria, la tierra y la banca se hallen concentradas en sus manos se requirieron premisas históricas muy concretas. Estas condiciones suponen la existencia de mano de obra “libre” tanto de medios de producción -con los que el trabajador directo pueda procurarse su sustento- como libre de trabas feudales que le impidan venderse al capitalista. Esto es decir que el capital es una relación social de producción y no una propiedad de las cosas mismas. Una fábrica es capital no por ser fábrica, sino porque la monopolización privada de ésta permite la explotación del trabajo. Bajo relaciones sociales comunistas la fábrica tendrá, al menos en un inicio, la misma forma material pero expresará nuevas relaciones sociales que permitirán todo el desarrollo posible de la técnica en beneficio colectivo.

Marx explica el surgimiento las condiciones históricas para el dominio del capital en el crecimiento del comercio que comienza en el Renacimiento, el llamado “descubrimiento de América” que inundó de metales preciosos Europa -acelerando la conversión del dinero en capital-, en la acumulación originaria en la cual los diversos estado absolutistas -sobre todo en Inglaterra- expropiaron salvajemente –mediante leyes draconianas- a los pequeños campesinos para concentrar la tierra en manos de los nuevos burgueses textiles; en las revoluciones burguesas -especialmente la gran Revolución francesa que rompió las trabas feudales, creando las naciones modernas y desarrollando los mercados nacionales- y en la revolución industrial que creó la industria moderna. Marx explica que el capitalismo ha nacido chorreando lodo y sangre por todos los poros. Quien quiera conocer la historia del origen del capitalismo debe leer el capítulo sobre la “acumulación originaria” del Tomo I. El mito del gran emprendedor como origen del burgués es una mentira. Éste nació expropiando de manera sanguinaria e implacable a los pequeños campesinos y arrojándolos por la fuerza a las puertas de la gran industria.

Plusvalía absoluta y relativa

En la lucha perpetua por aumentar la tasa de plusvalía -o le relación entre el tiempo de trabajo necesario y el tiempo de trabajo excedente- los capitalistas se ven obligados por la competencia a intentar aumentar la jornada de trabajo, la intensidad del mismo y/o a reducir el monto de los salarios, de tal manera que el tiempo en que el trabajador produce plusvalía o trabajo no remunerado sea mayor y por tanto aumentar la ganancia. De ahí los intentos constantes -sobre todo en épocas de crisis- por destruir los límites legales de la jornada de trabajo, el derecho a la sindicalización y toda clase de derechos sociales que afectan la tasa de plusvalía de la clase dominante. A las formas anteriores de aumentar la tasa de plusvalía -alargando la jornada de trabajo- Marx les llama “plusvalía absoluta”.

Pero existen límites orgánicos, subjetivos y objetivos para la extracción de plusvalía absoluta. El día sólo tiene 24 horas y aunque el capitalista tiende a aumentar la jornada hasta sus límites naturales -es decir, al punto donde la relación asalariada se convierte en esclavitud abierta- no es posible reproducir la fuerza de trabajo si ésta no duerme y come. Además, la organización sindical y política de los trabajadores impone límites relativos, culturales e históricos que aunque la burguesía rompe continuamente, los trabajadores recrean continuamente en una lucha que será perpetua mientras exista el sistema capitalista. Marx describe en el Tomo I la lucha por la jornada de 10 horas en Inglaterra, que es una “guerra civil” en la cual los trabajadores impiden ser asimilados a meros esclavos. Por ello la burguesía -sin desentenderse nunca de la plusvalía absoluta- intenta aumentar la productividad del trabajo por otros medios: invirtiendo en el desarrollo de las fuerzas productivas, en aumentar la productividad del trabajo -o en otras palabras- invirtiendo en la innovación constante de tecnología y maquinaria, y en nuevas maneras de organizar y dividir el trabajo. Marx llama a esta manera de aumentar la plusvalía -aumentando la productividad del trabajo- “plusvalía relativa”.

Marx explica que el capitalismo en su tendencia a aumentar la plusvalía relativa atraviesa por diversas fases en la organización social de la explotación del trabajador, a saber, la cooperación simple, la manufactura y la gran industria modernas -y dentro de ésta podemos mencionar otras que Marx ya no pudo ver, como la producción en serie y el “fordismo”-. Esto explica el misterio aparentemente irresoluble de que en 150 años -o más- de existencia del capitalismo como sistema dominante se hayan realizado más inventos, producido más tecnología e impulsado más teorías científicas decisivas que en toda la historia de la humanidad en su conjunto. El capitalista innova no por amor a la humanidad y al conocimiento, sino para aumentar la productividad del trabajo y, en consecuencia, la tasa de plusvalía. Pero en esta tendencia acrecienta la dominación del capital constante -maquinaria, edificios, materias primas- sobre el capital variable -el trabajador- pues la maquinaria devalúa el valor de la fuerza de trabajo, sustituye a gran cantidad de trabajadores que engrosan las filas del “ejército industrial de reserva” (el ejército de desempleados), rebaja la destreza del trabajador a monótonos movimiento repetitivos; el trabajo vivo se convierte en apéndice de la máquina.

En cualquier caso, en “Trabajo asalariado y capital”” Marx ya había argumentado que el grado de sometimiento del trabajador al capital no puede medirse solamente con el valor nominal del salario -es decir, con el monto puramente numérico del salario-, sino por el poder de compra del mismo -salario real- y sobre todo por la proporción del salario en relación a la magnitud de la tasa de plusvalía -salario relativo-. El salario nominal puede aumentar pero el salario real disminuir por la caída del poder de compra, por ejemplo. El poder de compra de los trabajadores puede aumentar de hecho -aumentar el salario real y nominal- pero la plusvalía, por ejemplo, aumentar al doble. En este caso, el trabajador está doblemente sometido al capital. “El poder de la clase de los capitalistas sobre la clase obrera ha crecido, la situación social del obrero ha empeorado, ha descendido un grado más debajo de la del capitalista”.4 La cuota de plusvalía -la relación entre los salarios pagados y la plusvalía obtenida- tiende a aumentar incluso suponiendo el aumento del salario real, por lo que la acumulación capitalista conlleva una tendencia a la pauperización del trabajador. Esto supone que las necesidades están socialmente determinadas y que el salario relativo considera tanto la relación del salario frente a la ganancia como a los objetos que son considerados útiles y necesarios, sin los cuales el trabajador se siente miserable. Marx explica esto con una metáfora: “[…] por mucho que, en el transcurso de la civilización, su casa [del trabajador] gane en altura, si el palacio vecino sigue creciendo en la misma o incluso mayor proporción, el habitante de la casa relativamente pequeña se irá sintiendo cada vez más desazonado, más descontento, más agobiado entre sus cuatro paredes”.5 En los periodos de auge la tendencia a la pauperización es relativa -puesto que aun suponiendo el aumento del poder de compra del salario, la ganancia aumenta en mayor medida-, pero en los periodos de crisis la tendencia al empobrecimiento se vuelve absoluto: no sólo disminuye la participación de los trabajadores en la riqueza creada, sino que disminuye el salario real e incluso el nominal.

Circulación de capital

Pero al capitalista sólo le interesa la extracción de plusvalía en la medida en que ésta se puede “realizar” en el mercado, es decir, en la medida en que la plusvalía cristalizada en la mercancía se vende o se convierte en dinero acrecentado, y para volver a producir el capitalista debe estar en condiciones de adquirir en el mercado la fuerza de trabajo y los medios de producción. El tomo I de El Capital estudia la producción de plusvalía-que únicamente se genera en la industria, es decir, en el seno del capital productivo-, Marx menciona la circulación en este tomo –por ejemplo la venta de fuerza de trabajo- solamente en la medida que interesa a la producción. En el Tomo II, por el contrario, Marx estudia el proceso de circulación del capital social y las diversas fases que adopta el capital en este proceso. Marx explica que la circulación capitalista no consiste en el simple movimiento de las cosas –como puede parecer a cualquier comprador y como la entendía Ricardo- sino en un proceso cíclico donde el capital adopta diversas formas: monetario, productivo y mercantil.6 Estas diversas formas que adopta el capital en su ciclo de rotación habían sido desarticuladas mecánicamente por los economistas burgueses; por ejemplo, para los mercantilistas el origen del valor y la ganancia provenían del mercado. Estas diversas formas del ciclo tienden a ocultar el verdadero origen de la plusvalía.

El capitalista está interesado en reducir los tiempos de rotación de capital, es decir, reducir el intervalo de retorno de su inversión con su respectiva ganancia. Por ello el capitalismo ha desarrollado los medios de comunicación, transporte, almacenamiento, publicidad: para reducir el tiempo en que la mercancía se realiza o se vende. Ese interés hace creer al capitalista y a la sociedad en su conjunto –los mercantilistas creían esto- que la plusvalía es producida por el dinero que se invierte o por la circulación del dinero invertido, esta apariencia oculta el hecho de que si la velocidad de la rotación aumenta la ganancia, es sólo porque a mayor rotación ese capital acrecentado puede retornar a la producción de plusvalía, incluso en escala ampliada. Esto muestra que el capitalismo tiende a ser una espiral infinita de producción de plusvalía, tendencia que choca de frente con la capacidad de consumo -entendida como poder de compra- limitada de las masas.

En el Tomo III Marx estudia la producción y la circulación en su conjunto, explicando la formación de la cuota media de ganancia, y el precio de producción. En el Tomo I –en tanto sólo abordó la producción en estado puro- Marx partía de la premisa de que las mercancías se vende por su valor pero en la producción capitalista como un todo, la ley del valor se manifiesta de forma modificada, a través de la competencia y la formación de precios. Sin embargo la abstracción hecha en el Tomo I había sido indispensable para entender el funcionamiento del capitalismo en un mayor grado de concreción y para demostrar que a fin de cuentas los precios del mercado –que vemos todos los días- se determinan por la ley del valor. El enfoque de Marx en el Tomo I había sido necesario, además, porque el valor antecede históricamente a la formación de precios y a otros fenómenos como la formación de la cuota media de ganancia: efectivamente, las mercancías se habían intercambiado por su valor mucho antes de que la producción mercantil expresara el valor en forma de precio -que no es sino una forma modificada del valor-.

Precios y ganancia media

Los clásicos sabían que el precio oscilaba en torno al valor, pero fueron incapaces de establecer la relación entre valores y precios. Para los clásicos el precio era una cuestión de simple azar -como hoy en día puede parecernos a cualquiera que observa la subida y bajada, aparentemente caprichosa, de los precios en el mercado- o, para los utópicos, se trataba de una infracción de la ley del valor. Una de las contribuciones más notables del libro “Trabajo asalariado y capital” es que, por vez primera, Marx logra establecer la relación entre valor y precio -tema que Marx profundizará en el Tomo III de El Capital-. Efectivamente, el precio es la expresión monetaria del valor de una mercancía, pero aquél fluctúa constantemente en relación a su valor, como las olas del mar que oscilan por encima de las corrientes profundas. Marx explica que el precio sube o baja en función de la oferta y la demanda, que a su vez está determinada por la competencia entre vendedores -que tiende a aumentar la oferta y bajar los precios-, entre los compradores –que tiende a subir la demanda y el precio de las mercancías- y, ante todo, la feroz competencia entre dos ejércitos: el de vendedores y compradores. Pero de este fenómeno real, algunos economistas extraían la conclusión equivocada de que lo que determinaba el valor era la oferta y la demanda. Marx demuestra que esta oposición –oferta y demanda- determina las oscilaciones de los precios pero no el valor que los precios expresan. En “Trabajo asalariado y capital” Marx demuestra esto de manera genial: la oferta y la demanda constituyen dos fuerzas opuestas y su equilibrio –la igualdad de fuerzas entre oferta y demanda- equivale a su neutralización mutua. Cuando la oferta y la demanda coinciden el precio de una mercancía equivale exactamente a su valor de cambio, por lo tanto la oferta y la demanda no puede explicar el origen del valor, sólo su alteración.

Como hemos visto, la competencia redistribuye entre los diversos capitalistas el valor creado por los trabajadores espontáneamente (por medio de la formación de los precios) . Pero el análisis de Marx va más a fondo: “si el precio está determinado por la relación entre oferta y demanda, ¿qué es lo que determina esta relación entre oferta y demanda?”.7 Marx explica que, en virtud de la loca búsqueda de beneficio que caracteriza al capitalismo, los capitales fluyen en las ramas de la producción que presentan mayor demanda y por tanto una ganancia mayor en relación a los precios de producción -o en relación al capital desembolsado por el capitalista en medios de producción y salario-, pero esa afluencia de capitales hacia las ramas más “competitivas” tiende -como hemos visto- a nivelar la ganancia obtenida en ellas conformando una ganancia media, con lo cual la competencia orienta nuevamente el precio en torno a su valor y por encima o por debajo del costo de producción. Marx explicará en El Capital Tomo III que así se forma un precio de mercado que equivale al costo de producción más la ganancia media. Los monopolios tienden a distorsionar el precio de mercado a costa del consumidor. Así pues, Marx logra establecer la relación entre el valor -como materialización del trabajo- y los precios -que oscilan constantemente sin relación aparente con el valor-, cuestión que había sido un misterio indescifrable para los economistas anteriores. Muchos críticos de Marx han señalado una supuesta contradicción entre el Tomo I y el III –ya que en el tomo I Marx partía del supuesto de que las mercancías individuales se intercambian por su valor-, pero no es posible entender la formación de precios sin comprender la ley del valor: la relación entre valor y precio es la misma que existe entre la esencia o la ley y el fenómeno en el cual se manifiesta.

En relación con el carácter socialmente necesario del trabajo creador de valor, el capitalista individual que logra en primer lugar una “composición orgánica” mayor -es decir, que invirtiendo en maquinaria obtiene una relación mayor de maquinaria con respecto a la fuerza de trabajo empleada- puede vender más barato pero obtener mayores ganancias, desplazando a sus competidores y concentrando y centralizando el capital. La contradicción oculta en este desplazamiento del hombre por las máquinas está en que la máquina -el capital constante- no genera valor -sólo el trabajo puede hacerlo-; el “capital muerto” (máquinas, edificios, materias primas) sólo trasfiere su valor por el desgaste o el uso. Por tanto, en realidad, el valor individual de las mercancías de ese primer capitalista que introduce nueva tecnología tiende a disminuir. Sin embargo, como el valor de las mercancías que este capitalista lleva al mercado está determinado por el trabajo socialmente necesario -y no el que se extrae en su fábrica particular-, obtiene de sus mercancías ganancias extraordinarias que no provienen sólo del valor generado por los trabajadores explotados en su fábrica, sino por el trabajo social que cuesta en promedio producir las mercancías de su clase. Pero el secreto comercial -que protege las innovaciones del empresario- deja de ser secreto cuando se usa y, por tanto, es imposible evitar que esa innovación se difunda y el trabajo socialmente necesario disminuya tarde o temprano en esa rama en cuestión. Por lo tanto, la tasa de ganancia general tiende a descender conforme la composición orgánica del capital aumenta a nivel global, y el capital no tiene más remedio que buscar perpetuamente nuevos mercados para invertir.

Esta tendencia, que Marx desarrolla en el Tomo III, es el secreto de la formación de la cuota media de ganancia por la cual capitales de la misma magnitud tienden a obtener la ganancia “media” o normal para un periodo determinado. Lo que sucede es que la masa total de plusvalía se reparte entre la burguesía, en forma de ganancia, en función de la inversión, como si la plusvalía extraída a los trabajadores en su conjunto fuera parte de un fondo común de toda la burguesía. “Tenemos, pues, aquí la prueba matemáticamente exacta de por qué los capitalistas, a pesar de las rencillas que les separan en el campo de la concurrencia, constituyen una verdadera masonería cuando se enfrentan en conjunto con la colectividad de la clase obrera”.8

Cabe añadir que la tendencia decreciente en la tasa de ganancia no impide el aumento en la masa de la ganancia y a la concentración de la riqueza en pocas manos- aunque esto aparezca como una paradoja-. Mientras que la tasa de ganancia tiende a disminuir –conforme la composición orgánica general aumenta en una rama particular- el grado de explotación de la fuerza de trabajo aumenta–mientras el ejército industrial de reserva engrosa sus filas- por lo que la masa total de plusvalía tiende a aumentar también. Y si bien es cierto que el descenso de la tasa de ganancia puede hacer menos atractivas algunas ramas de la producción antes pujantes, esto no significa que la concentración de capital –por tanto las ganancias de un número cada vez menor de industriales- disminuya.

La renta de la tierra

Decíamos que la plusvalía es la fuente de la que emanan los dividendos de los sectores parasitarios de la sociedad: la ganancia para el empresario industrial y comercial, el beneficio para el banquero y la renta para el terrateniente. El problema del origen de la renta de la tierra había sido un misterio indescifrable para los economistas burgueses –asunto que Marx desentraña en el Tomo III-. Para los fisiócratas la producción agrícola era la única fuente de valor; para Smith, al tiempo que sostenía elementos de la teoría del valor trabajo- era la tierra la fuente del valor en la agricultura. Ricardo sostenía, correctamente, que la fuente de la renta de la tierra proviene del trabajo –ya identificaba lo que Marx llamará “renta diferencial”- pero, al mismo tiempo, Ricardo defendía la reaccionaria teoría malthusiana de la “fertilidad decreciente del suelo” que culpaba a la naturaleza de la pobreza de las masas, además de que no distinguía entre uso del suelo como capital y uso del suelo como simple objeto de trabajo.

La tierra es la fuente primitiva del trabajo que provee al hombre de materias primas y fertilidad. Sin embargo la tierra se convierte en capital sólo cuando –sobre la base de la propiedad privada- se utiliza a la tierra para que el trabajo ajeno produzca plusvalía. La tierra ha sido siempre objeto de trabajo pero no siempre ha sido capital como creían los economistas burgueses –incluido Ricardo-. La tierra se convirtió en capital en determinada fase de la historia de la humanidad. ¿Pero cómo se determina la parte de la plusvalía que corresponde al terrateniente?

El monopolio de la tierra permite al terrateniente apropiarse de su parte en la tajada de la plusvalía y esto lo hace gracias a las siguientes circunstancias económicas: En la agricultura la concurrencia de capitales -gracias a la cual se crea la ganancia media en la industria- es más complicada pues el monopolio de la tierra desincentiva la inversión en maquinaria; además, la relativa escases de tierras cultivables hace que incluso las peores tierras aporten una parte de plusvalía –en forma de renta- para sus dueños. La baja composición de capital –baja proporción de maquinaria y capital constante en relación a la fuerza de trabajo- arroja en el campo un excedente adicional sobre la ganancia media –el monopolio de la tierra no permite que ese excedente de plusvalía pase a formar parte de la ganancia media del mercado-. A esta renta –que nace del monopolio de la tierra- Marx la denomina “renta absoluta”. La reforma agraria o el rompimiento del poder terrateniente logra que esa renta absoluta pase a formar parte de la ganancia media general en la agricultura, aumentando la renta para el conjunto de capitalistas y ya no sólo para unos cuantos latifundistas. Es por esto que la reforma agraria –parte integrante de las tareas democrático burguesas- acelera el desarrollo del capitalismo y las fuerzas productivas.

Pero por encima de las peores tierras están las tierras medianamente fértiles y otras pocas cuya fertilidad es óptima –ya sea por su ubicación y condiciones naturales (riego, pluviosidad, cercanía a los mercados, etc.) o por la mayor inversión en capital –abono, maquinaria, riego- que se ha invertido en ellas (cabe añadir que esta inversión está relacionada con la resolución idónea del problema de la tierra, del cumplimiento de las tareas de la revolución democrático burguesa). Estas últimas tierras, mucho más productivas y organizadas conforme a la industria moderna, arrojan una ventaja en cuanto a precio de producción con respecto a las peores tierras. En este caso los capitalistas pueden vender a precio de mercado (conforme al trabajo socialmente necesario que impera en un momento determinado) obteniendo una renta mayor a la media (determinada por las peores tierras), renta que Marx denomina “renta diferencial”. El que la ganancia media en la agricultura esté determinada por la productividad en las peores tierras –y no por las condiciones medias como sucede en la industria– no es un capricho del terrateniente: en general, las tierras medianas y buenas no pueden por sí solas abastecer al mercado, si no se cultivaran las peores tierras la demanda de productos agrícolas aumentaría y ello arrojaría beneficios a los capitalistas que invirtieran en las peores tierras.

La renta diferencial –la que se obtiene por la sucesiva inversión de capitales- demuestra la falsedad de la teoría de Malthus, según la cual la productividad de la tierra decrece irremediablemente imposibilitando sostener a una población creciente. La tierra bajo las condiciones de la técnica y ciencia modernas puede aumentar su fertilidad de forma potencialmente indefinida. La importancia de las investigaciones de Marx sobre la renta de la tierra consiste, entre otras cosas, en que demuestra que ésta tiene su fuente en la plusvalía, es decir, en el trabajo no pagado a los trabajadores, en la explotación de su fuerza de trabajo.

Reproducción ampliada y ley general de la acumulación capitalista

Para no dejarse desplazar por sus competidores, el capitalista debe invertir mayores sumas de capital, producir a una escala mayor, conquistar nuevos mercados; es decir, el capitalista debe invertir una parte de sus ganancias -que provienen de la plusvalía- en aumentar la escala del capital o de los recursos destinados en la explotación de la fuerza de trabajo, del trabajador. Como Marx explica en el Tomo III de El Capital, el capital no se contenta con la “reproducción simple”- o la inversión en la misma escala que el ciclo anterior- sino en “reproducción ampliada”. Pero la reproducción ampliada tiende a desplazar a una mayor cantidad de “trabajo vivo” -fuerza de trabajo- en relación al “trabajo muerto” -maquinaria, edificios, materias primas- y al mismo tiempo ese capital tiende a desplazar a los pequeños y medianos productores arrojándolos a las filas del proletariado. Por lo tanto, se forma un ejército industrial de reserva o una legión de trabajadores condenados al paro forzoso que el capital no puede absorber con el mismo ritmo que su crecimiento. Ésta es la ley general de la acumulación capitalista: la creación del ejército industrial de reserva, la creación de un ejército de asalariados en una proporción mayor a la capacidad bajo condiciones capitalistas para ocuparlos productivamente. Este ejército presiona a la baja al salario pues aumenta la oferta de la fuerza de trabajo -cuyo precio se determina, como cualquier mercancía, por las leyes de la oferta y la demanda-. Crece el desempleo, la indigencia y la marginación. “Y así, el bosque de brazos que se extienden y piden trabajo es cada vez más espeso, al paso que los brazos mismos que lo forman son cada vez más flacos”.9 En el pasado -después del boom de la posguerra- los países capitalistas más industrializados y colonialistas podían darse el lujo de “exportar el desempleo”, permitiendo el pleno empleo dentro de sus fronteras, a costa de la miseria del llamado “Tercer mundo”. Pero en la crisis actual del capitalismo del “ejército industrial de reserva” no se salva ningún país capitalista del mundo.

Crisis de sobreproducción

En su “holocausto caníbal” de la competencia capitalista -que funciona por y para el lucro privado-, un sistema en donde en el altar del capital son sacrificados los trabajadores (al desempleo, bajos salarios, jornada extenuantes y mayor explotación), así como son también inmolados los pequeños propietarios, los campesinos pobres y hasta los medianos empresarios -todos a la bancarrota-, el capitalismo tiende a inundar el mercado -sobre todo en las ramas más rentables- de mercancías que ya no encuentran salida en tanto que la demanda efectiva en este sistema no está determinada por la necesidades humanas reales, socialmente generadas -¿quién no quisiera una computadora nueva, buena comida, medicinas suficientes, etc? (Por cierto, la moda hippie o posmoderna de promover el subconsumo y de abstenerse de las necesidades “artificiales” del capitalismo “occidental” y “consumista” favorece al sistema al estar en línea con los recortes al nivel de vida de los trabajadores)- sino por la “demanda solvente”, es decir, por el poder de compra de la mayor parte de la población mundial que la conforman los trabajadores mismos, un poder de compra que está continuamente amenazado por los intentos de la burguesía por aumentar la tasa de plusvalía. Por lo tanto, el capitalismo -en su loca búsqueda del lucro privado- recorta el mercado para sus propias mercancías, al mismo tiempo que lo satura, generando crisis recurrentes de sobreproducción. Este “holocausto caníbal” se “resuelve” por medio del cierre de fábricas, despidos masivos, recortes sociales, destrucción de mercancías sobrantes, tierras sin cultivar, guerras comerciales y hasta conflictos militares; es la locura de sacrificar a los trabajadores mismos con el fin de equilibrar la oferta con la “demanda solvente”. La crisis de sobreproducción son la forma en que el capitalismo equilibra de forma violenta las contradicciones que se habían acumulado. El capital busca nuevas ramas a la inversión que no hacen sino reproducir a escala ampliada la locura precedente. El capitalismo es un sistema “demente” en donde hay crisis porque hay superabundancia, abundancia de mercancías que nadie puede comprar aunque se necesiten. La locura de la sobreproducción capitalista demuestra una de las contradicciones inmanentes más trágicas de este sistema. Marx, en el Tomo III de El Capital explica la causa última de las crisis de sobreproducción: “[…] la pobreza y la capacidad restringida de consumo de las masas, con las que contrasta la tendencia de la producción capitalista a desarrollar las fuerzas productivas como si no tuviesen más límite que la capacidad absoluta de consumo de la sociedad”.10

Fundamentación científica del socialismo o tendencia histórica de la acumulación capitalista
  En tanto una parte considerable de la plusvalía es reinvertida por el capitalista en la producción, el obrero no sólo crea plusvalía sino capital -un valor que se destina a la explotación del trabajador- en escala ampliada. Esto es lo mismo que decir que el trabajador crea y recrea las cadenas que lo mantienen sometido; cristaliza un trabajo muerto, incesantemente creciente que somete al trabajo vivo, lo devalúa -al sustituir al trabajador especializado por maquinaria y crear un ejército de desempleados-, lo simplifica -al convertir el trabajo en una tarea monótona e insoportablemente unilateral-. Y al mismo tiempo, esta enorme “maquinaria” capitalista sólo puede moverse mediante un trabajo socializado, colectivo; las fuerzas productivas modernas no pueden emplearse como en el viejo taller del carpintero medieval que se bastaba a sí mismo, sino por la participación de miles y millones de trabajadores en una economía entrelazada a nivel mundial. La solución potencial de todas las contradicciones del capitalismo se gestan en el desarrollo del capitalismo mismo, pero éstas fuerzas productivas -la fuerza de trabajo, la tecnología, los medios de comunicación y la ciencia moderna- no pueden ser racionalmente organizadas dentro de los marcos de la propiedad privada de los medios de producción y con las fronteras nacionales vigentes. Aquí tenemos la clave no sólo de la concepción colectiva y proletaria del comunismo, sino de su inmanente internacionalismo. El marxismo es internacionalista porque el capital es global y sólo la reorganización internacional del trabajo, sobre bases comunistas, permite el desarrollo pleno de las fuerzas productivas.

Marx concluye el capítulo XXIV del Tomo I de El Capital con el epitafio final del sistema capitalista, una profecía que se basa en la ciencia y que el proletariado organizado y consiente está llamado a cumplir: “Conforme disminuye progresivamente el número de magnates capitalistas que usurpan y monopolizan este proceso de transformación, crece la masa de la miseria, de la opresión, del esclavizamiento, de la degeneración, de la explotación; pero crece también la rebeldía de la clase obrera, cada vez más numerosa y más disciplinada, más unida y más organizada por el mecanismo del mismo proceso capitalista de producción. El monopolio del capital se convierte en grillete del régimen de producción que ha crecido con él y bajo él. La centralización de los medios de producción y la socialización del trabajo llegan a un punto en que se hacen incompatibles con su envoltura capitalista. Los expropiadores son expropiados”.11 Tenemos aquí el fundamento científico, real, objetivo de la lucha por el socialismo.

Terminaremos nuestro estudio explicando las contradicciones de la economía política que Marx resolvió y con el método materialista y dialéctico que empleo en el análisis del capital.

Continuará…

1 Engels, “Complemento al prólogo” del Tomo III de El Capital, México, Fondo de Cultura Económica, 2001, p. 21-42.

2 Marx, El Capital, Tomo I, México, Fondo de Cultura Económica, 2001, p. 38.

3 Marx, Salario precio y ganancia, Buenos Aires, Editorial polémica, 1974, p. 100.

4 Marx, Trabajo asalariado y capital, Buenos Aires, Editorial polémica, 1974, p. 46.

5 Ibid. p. 42.

6 Cf. Marx, El Capital, Tomo II, México, Fondo de Cultura Económica, 2001, p. 78.

7 Marx, Trabajo asalariado y capital, Buenos Aires, Editorial polémica, 1974.

8 Marx, El Capital, Tomo III, México, Fondo de Cultura Económica, 2001, p. 200.

9 Marx,Trabajo asalariado y capital, Buenos Aires, Editorial polémica, 1974, p. 58.

10 Marx, El Capital, Tomo III, México, Fondo de Cultura Económica, 2001, p. 455.

11 Marx, El Capital, Tomo I, México, Fondo de Cultura Económica, 2001, p. 648.

 

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