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A 150 Años: La Historia De El Capital De Marx -El método- (Quinta y última parte)

Escrito por David García Colín Carrillo y Ninnette Torres Ramírez

Límites y paradojas de la economía política burguesa

“[…] es paradójico que la tierra gire alrededor del sol y que el agua esté formada por dos gases muy inflamables. Las verdades científicas son siempre paradójicas, si se las mide por el resero de la experiencia cotidiana, que sólo percibe la apariencia engañosa de las cosas”. [Marx; Salario, precio y ganancia.]

Antes de Marx y Engels, la economía política clásica había considerado como su objeto de estudio la producción de la riqueza, a partir de categorías -como valor, trabajo y capital- vistas como eternas o supuestamente válidas para toda la historia de la humanidad. Para Ricardo y Adam Smith el trabajo humano siempre se había manifestado como mercancía y como valor de cambio –incluso desde los tiempos de los pescadores primitivos cuyo pescado era inmediatamente una mercancía-, no cabía otra posibilidad. Como veían en el sistema capitalista un régimen eterno, los clásicos estaban impedidos para descubrir el secreto de la plusvalía. Como se suponía que la burguesía pagaba el trabajo de sus obreros -y no su fuerza de trabajo, como descubrirá Marx- el carácter explotador del sistema quedaba encubierto.

Aunque los clásicos habían hecho la contribución importantísima de señalar que el valor de una mercancía está determinado por el trabajo contenido en ella, no pudieron distinguir que se trata de trabajo socialmente necesario y no el trabajo concreto invertido en cada mercancía individual (no veían la diferencia entre trabajo abstracto y trabajo concreto). Debido a su incapacidad de desentrañar las contradicciones dialécticas de la mercancía, se enredaban en contradicciones lógicas insolubles. No sólo era que los clásicos carecían de un criterio dialéctico que pudiera descubrir las contradicciones del capitalismo, sino que no ponían en cuestión al sistema, sólo pretendían describirlo, analizarlo. Engels escribió que: “no tiene más que ver leyendo a Adam Smith o a cualquier otro economista oficial de fama, cuántos suplicios les costaba a estos señores el valor de cambio y el valor de uso, cuan difícil se les hacía distinguirlos claramente y concebirlos cada uno de ellos en su propia y peculiar precisión, y comparar luego esto con la clara y sencilla exposición de Marx”.[1]

Marx –en su “Contribución a la crítica de la economía política”- expone las contradicciones lógicas que desconcertaban y parecían demoler la teoría del valor-trabajo de Ricardo; se trata de paradojas que torturaban a los economistas –casi lo mismo que las paradojas de Zenon torturan a los lógicos formales-, que Marx logrará resolver sucesivamente, hasta su respuesta final en El Capital. Las contradicciones lógicas se iban a desenredar analizando las contradicciones dialécticas. Son estas las apasionantes “antinomias” de la economía política:

A) Como hasta antes de Marx no se conocía la diferencia entre trabajo y fuerza de trabajo se presentaban las siguientes dos paradojas:

1.-“El trabajo mismo [como toda mercancía] tiene un valor de cambio [o proporción en que se intercambia esta mercancía por otras] pero hacer del valor de cambio [determinado por el trabajo, como establece la teoría del valor-trabajo] la medida de sí mismo es un círculo vicioso, pues el valor de cambio que sirve para medir necesitará a su vez una medida”.[2]

2.-“Si el valor de cambio de un producto es igual al tiempo de trabajo que contiene, el valor de cambio de un día de trabajo es igual a su producto. O el salario del trabajo tiene que ser igual al producto del trabajo. Pero el caso es que sucede lo contrario. […]”.[3]

Algunos socialistas utópicos trataban de resolver la paradoja exigiendo a la realidad capitalista que no contradijera el postulado de sus propios economistas, mientras que los adversarios de la teoría ricardiana aducían la falsedad de la teoría por su incapacidad de dar cuenta de una realidad que la contradecía. Como dijimos, esta paradoja se resuelve entendiendo la diferencia entre trabajo y fuerza de trabajo. Lo que el capitalista paga al trabajador es su fuerza de trabajo –los medios de subsistencia- y es mediante el trabajo en la fábrica capitalista que el trabajador crea el valor que reproduce el valor del salario y genera plusvalía.

B) La tercera paradoja está relacionada con la incapacidad de los clásicos para descubrir el vínculo que unía al valor con el precio por medio de la oferta y la demanda, es decir, por medio de la competencia mercantil:

3.- Los detractores de la teoría del valor-trabajo señalaban: “El precio de venta de las mercancías baja o sube respecto de su valor de cambio con arreglo a la relación variable de la oferta y la demanda. Precisamente por esto es por lo que el valor de cambio de las mercancías está determinado por la relación entre la oferta y la demanda y no por el tiempo de trabajo contenido en ellas. Esta conclusión singular no hace más que renovar la pregunta: ¿Cómo es que sobre la base del valor de cambio se desarrolla un precio de venta distinto de dicho valor? O más exactamente: ¿Cómo es que la ley del valor de cambio no se realiza sino en perjuicio propio?”.[4]

Parecería que el valor de la mercancía como tiempo de trabajo cristalizado en ella no se manifiesta nunca sino en una forma diferente, la forma de precio determinado por la oferta y la demanda, de tal forma que parece imposible demostrar la existencia de un valor que nunca se manifiesta en la realidad. Pero Marx demostrará que la suma total de los precios de las mercancías que inundan el mercado capitalista coincide siempre con su valor pues –tal como Trotsky sintetizó el asunto- “[…] en último término únicamente los valores que han sido creados por el trabajo humano se hallan a disposición de la sociedad, y los precios no pueden pasar de estos límites […]”.[5]

C) La cuarta paradoja señalada por Marx está relacionada con la incapacidad de los clásicos para relacionar la teoría del valor con el monopolio:

“[…] Si el valor de cambio no es otra cosa que el tiempo de trabajo contenido en una mercancía, ¿cómo pueden poseer valor las mercancías que no contienen trabajo? O en otros términos: ¿De dónde procede el valor de cambio de las simples fuerzas de la naturaleza?”.[6]

En un régimen de propiedad privada -que incluye a la tierra y a muchos recursos naturales susceptibles de comercializarse- la monopolización no sólo puede aumentar los precios de las mercancías muy por encima de sus valores reales, valoriza mercancías que no son producto del trabajo -por ejemplo, los diamantes-, mercancías que tienen valor no porque sean productos del trabajo, sino porque su monopolio en un marco capitalista confiere la posibilidad a sus dueños -en virtud de la oferta minúscula y la demanda alta- de realizar en el mercado un valor que proviene de otras mercancías -desplazando a otros capitalistas-. En otras palabras, el monopolio de la tierra y otros productos naturales de lujo son factores, entre otros, que reconcentran y centralizan el capital en cada vez menos manos. La prueba de que en realidad los objetos de la naturaleza carecen –por sí mismos- de valor de cambio está en que cuando la oferta y la demanda de estos objetos coinciden, equilibrándose entre sí –mostrando el verdadero valor de cambio de una mercancía- su valor de cambio es igual a cero. Así, por ejemplo, el aire que respiramos no tiene valor de cambio pues no se trata de una sustancia producto del trabajo, y la oferta y la demanda están-por así decirlo-equilibradas. Lo cual no impide a las empresas farmacéuticas vender aire almacenado a los asmáticos. Para abundar en la renta de la tierra remitimos al lector más arriba donde explicamos este tema.

Otras paradojas son expuestas por Marx en el Tomo III, por ejemplo, los clásicos no podían explicar el enigma de que las mercancías se vendieran aproximadamente por el precio de producción –igual al costo de producción más la ganancia media- y no por el valor individual de cada mercancía. Este fenómeno parece contradecir la teoría del valor-trabajo. Los clásicos de la economía burguesa no podían conciliar la teoría del valor con los fenómenos que se observan realmente en la economía capitalista. Para Smith, por ejemplo, las mercancías sólo se habían intercambiado por su valor-trabajo en las sociedades primitivas pero no en la sociedad moderna y Ricardo nunca pudo explicar el fenómeno. Marx explicó que el precio de producción es la manera en que se manifiesta la teoría del valor en la sociedad capitalista, es la manera en que la competencia redistribuye la ganancia-cuya fuente es la plusvalía generada por todos los trabajadores- entre el conjunto de la burguesía.

El método dialéctico de El Capital

Lenin señaló, en sus “Cuadernos filosóficos” que es imposible entender El Capital sin haber leído “La Lógica” de Hegel.[7] De la misma forma, en un artículo, promoviendo el libro de Marx “Introducción a la crítica de la economía política”, Engels explica la importancia del método dialéctico en los estudios económicos de Marx. Lenin observó que si Marx no escribió una “Lógica” sí escribió El Capital, una obra maestra de aplicación del método dialéctico.

En Hegel, el método dialéctico se desarrolla de forma extremadamente abstracta puesto que la dialéctica expresa el desarrollo especulativo del concepto, el desarrollo del “espíritu absoluto”. Los epígonos de Hegel –escuela a la que pertenecieron Engels y Marx- retomaban de manera superficial ciertas fórmulas dialécticas vaciándolas de todo contenido y sustituyendo todo conocimiento positivo por fórmulas convertidas en clichés, “estos hegelianos no sabían nada de nada, pero podían escribir acerca de todo”.[8]

Feuerbach rechazó el idealismo de Hegel pero no supo qué hacer con el método arrojándolo al cubo de la basura junto con el sistema idealista, “tiro el agua sucia con todo y niño”. Marx y Engels fueron los únicos que retomaron el método de Hegel, revolucionándolo. En vez de basarse en la especulación pura, el método dialéctico se aplicó al estudio de las contradicciones, descubriéndolas y desarrollándolas a partir de los hechos positivos y del desarrollo histórico. Las transiciones de una categoría económica a otra -por ejemplo del simple trueque al surgimiento del dinero- no son -como en Hegel- simples transiciones dialécticas de los conceptos puros, sino la expresión conceptual de contradicciones y transiciones reales, objetivas; la reproducción en el pensamiento de la realidad. Marx mismo explicó que su método consistió en poner a Hegel de pie, pues se hallaba volteado cabeza abajo:

“Mi método dialéctico no sólo es fundamentalmente distinto del método de Hegel, sino que es, en todo y por todo, la antítesis de él. Para Hegel, el proceso del pensamiento, al que él convierte incluso, bajo el nombre de idea, en sujeto con vida propia, es el demiurgo de lo real, y esto la simple forma externa en que toma cuerpo. Para mí, lo ideal no es, por el contrario, más que lo material traducido y traspuesto a la cabeza del hombre. […] El hecho de que la dialéctica sufra en manos de Hegel una mistificación, no obsta para que este filósofo fuera el primero que supo exponer de un modo amplio y consciente sus formas generales de movimiento. Lo que ocurre aparece en él invertida, puesta de cabeza. No hay más que darle la vuelta, mejor dicho ponerla de pie, y en seguida se descubre bajo la corteza mítica la semilla racional”.[9]

El estudio, como en toda ciencia, analiza su objeto -el capitalismo- en “estado puro” y despliega el desarrollo “lógico” de éste, es decir, su devenir, al margen de elementos contingentes y accidentales. De la misma manera, aunque en un campo mucho más simple, la teoría newtoniana estudia el movimiento, el peso y la masa en estado puro; como si no existiera la fricción, el aire y el resto del universo. Pero sólo así es posible comprender el peso real de la acción perturbadora de lo “accidental” en lo “necesario”. El desarrollo lógico reproduce al histórico pero omitiendo elementos contingentes y a los zigzags que caracterizan a la historia real. Este desarrollo puro permite comprender el desarrollo histórico real que le sirve de base y, al mismo tiempo, le permite a Marx introducir los ejemplos históricos concretos –por ejemplo, la acumulación originaria de capital o la lucha por la jornada de 10 horas en Inglaterra- revelando su significado subyacente y justificando, al mismo tiempo, la legitimidad del método. El método no se impone al contenido sino que se demuestra en él.

Marx estudia el desarrollo del capitalismo en todas sus contradicciones a partir de la célula básica, la mercancía. En el Tomo I de El Capital Marx explica que como valor de uso- como objeto concreto y material- y como valor de cambio -como “sustancia” abstracta o suprasensible, como objeto del trabajo genérico- la mercancía esconde contradicciones que desafían el “sano” sentido común. Una mesa de madera como simple valor de uso es “un trozo, un objeto vulgar y corpóreo. Pero, en cuanto se nos presenta como mercancía, sufre una metamorfosis, y se convierte en un objeto a la par corpóreo y suprasensible. Por un lado, la vemos descansar tranquilamente con sus patas sobre el suelo, y por el otro ponerse de cabeza frente a todas las demás mercancías, y de su cabeza de madera empiezan a salir antojos que causan muchas más maravillas que si de pronto la mesa se pusiese a bailar por su propio impulso”.[10]

“La contradicción inmanente de una mercancía como unidad directa de valor de uso y valor de cambio –cita Engels- no ceja ni descansa hasta que, por último, lo consigue mediante el desdoblamiento de la mercancía en mercancía y dinero”.[11] Esta contradicción se desarrolla hasta que estos opuestos se “desgarran” y se desdoblan en la mercancía concreta y el valor de cambio abstracto, expresado en dinero. El dinero, bajo ciertas circunstancias históricas concretas, se convierte en capital. La fuerza de trabajo comprada en forma de salario acrecienta el capital, el trabajo vivo acrecienta el trabajo muerto que le somete. Los productos del trabajo someten al productor. La concentración y centralización del capital implican la concentración, división extrema del trabajo y socialización de la producción. Pero esta socialización de la producción choca, de forma cada vez más violenta, con la apropiación privada de la riqueza y las fuerzas productivas que sirven de base al capitalismo. En el capitalismo, la producción mercantil simple -en la que el productor vende en el mercado los productos de su propio trabajo- se convierte en su opuesto: la venta en el mercado de los productos del trabajo ajeno. La sed insaciable e incontrolable de la burguesía por aumentar de forma relativa y absoluta la explotación del trabajo –la tasa de plusvalía- provoca de forma irremediable crisis de sobreproducción en las que la contradicción suprema del capitalismo, entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción, se manifiesta. El sistema capitalista está plagado de contradicciones, en El Capital estas contradicciones son explicadas y desarrolladas en sus vínculos internos.

   En cuanto a la aproximación a su objeto, el método de Marx –como éste mismo lo dice en los Grundrisse- describe un movimiento que va de los abstracto a lo concreto, es decir, abstrae los aspectos determinantes del fenómeno –por ejemplo, la contradicción de la mercancía- y en su despliegue y desarrollo va articulando o sintetizando las múltiples determinaciones de lo “concreto”. Este despliegue se observa en cada capítulo de cada tomo de la obra y, también, en la articulación de todo el conjunto. Así como La Fenomenología de Hegel describe el desarrollo del espíritu hasta la “totalidad”, Marx –con un criterio materialista y científico- parte de la célula fundamental hasta la explicación del sistema en su conjunto. Hegel y Marx describen procesos pero el primero un proceso asbtracto, metafísico y místico; Marx un proceso real -desde lo abstracto a lo concreto- que explica el nacimiento, desarrollo e inevitable muerte del capitalismo. Así, si el Tomo I estudia la producción abstraída de otras determinaciones tomadas como “no determinantes” o “accidentales” –y este comienzo no es arbitrario pues es en la producción donde el capital acrecienta su valor- el Tomo II estudia la circulación como fenómeno específico que realiza el valor. El Tomo III estudia la articulación de los dos fenómenos anteriores –producción y circulación- en su interacción recíproca, en un mayor grado de concreción y comprensión de todo el sistema. A su vez, las leyes abstractas que se habían descubierto en el tomo I y II se integran en una síntesis que permite explicar, por ejemplo, la tendencia descendente de la tasa de ganancia y las crisis periódicas de sobreproducción. Mehring explicando este punto observa que : “[…] el tomo primero nos presenta el corazón del organismo social, de donde parte la savia vivificadora [la plusvalía], que luego, en el segundo y tercer volumen, vemos funcionar, regando el aparato circulatorio y nutritivo hasta las últimas células de la epidermis”.[12] El Tomo III es mucho más concreto que el Tomo I y a esto se debe que en éste aparezcan fenómenos que parecen contradecir lo que se dice en aquél. Lo que sucede es que el Tomo I analiza la ley del valor en forma pura, como si las mercancías individuales se vendieran por el trabajo socialmente necesario, sólo así podía estudiarse la extracción de plusvalía sin el estorbo de fenómenos secundarios y no determinantes en primera instancia, sólo de esta manera podía explicarse cómo es que en el mercado el precio de las mercancías equivale al coste de producción más la ganancia media. La relación dialéctica entre estos dos aspectos es la misma que existen entre esencia y fenómeno: en el fenómeno la esencia nunca aparece en forma pura –de otra forma la ciencia sería superflua- sino en forma modificada o aparente.

Tenemos aquí todas las categorías y leyes de la dialéctica como expresión de un proceso real y material: saltos de la cantidad a cualidad, unidad y lucha de contrarios, negación de la negación. La dialéctica del proceso de lucha de clases, el desarrollo de la ciencia y las fuerzas productivas exigen la negación de todo el sistema, las bases de la superación del capitalismo se han gestado en su seno, la vieja forma, el viejo cascarón debe quebrarse para permitir el desarrollo de las fuerzas productivas, la humanidad y la historia misma. Toda esta obra maestra, este monumento al pensamiento científico, es inconcebible sin la aplicación materialista del método dialéctico.

“Marx-dice Engels restándose un mérito que también le corresponde- era, es, el único que podía entregarse a la labor de sacar de la lógica hegeliana la médula que encierra los verdaderos descubrimientos de Hegel en este campo, y de restaurar el método dialéctico, despojado de su ropaje idealista, en la sencilla desnudez en que aparece como la única forma certera de desarrollo del pensamiento. El haber elaborado el método en que descansa la crítica de la economía política por Marx, es, a nuestro juicio, un resultado que apenas desmerece en importancia de la concepción materialista fundamental”.[13]

Conclusiones

El Capital es un libro extraordinario desde muchos puntos de vista. Es el resultado de toda una vida de investigaciones en el marco del turbulento movimiento obrero. La biografía de El Capital se entrelaza íntimamente con la biografía política de Marx y Engels, por un lado, y, por el otro, con el conjunto de la historia del movimiento obrero que se contiene en este libro y que, al mismo tiempo, es su producto.

Las investigaciones y resultados teóricos de Marx y Engels incorporan los elementos más valiosos de la economía política inglesa, el socialismo francés y la filosofía alemana. Esto quiere decir que El Capital es producto de una etapa histórica del capitalismo en donde un cúmulo de experiencias y síntesis teóricas hacían posible una revolución de la economía política –al mismo tiempo que se revolucionaba el socialismo y el pensamiento dialéctico-. Esta síntesis sólo podía ser obra de un genio –en este caso de dos: Marx y Engels-. Este último escribió:

“No cabe duda de que se habría llegado, de todos modos, a comprender y desentrañar el mecanismo de la producción capitalista y a descubrir y explicar las leyes de su desarrollo, pero se habría necesitado mucho tiempo para ello y el trabajo habría quedado fragmentario y chapucero. Sólo Marx era capaz de investigar todas las categorías en su movimiento dialéctico, de entrelazar las fases de su desarrollo con sus causas determinantes y de reconstruir todo el edificio de la economía en un monumento teórico cuyas diferentes partes se apoyan y se basan las unas en las otras”.[14]

El Capital debe ser el libro de cabecera de todo obrero y revolucionario consiente porque este libro nos demuestra el carácter histórico y transitorio de este sistema. Incluso para los mejores exponentes de la economía política burguesa, el objeto de estudio de la economía política eran supuestas leyes eternas de la producción, la distribución y el consumo; leyes eternas que –no por casualidad- eran las leyes de la producción mercantil, de la producción capitalista. “Hasta un economista burgués tan relevante como Ricardo consideraba que el cazador primitivo era un capitalista, y sus armas capital”.[15] Marx terminó con esta visión metafísica de la economía política; para Marx, la economía política es una ciencia que estudia los diferentes modos de producción que se han sucedido en la historia, las fuerzas productivas que le subyacen y las relaciones sociales que éstas determinan. Marx estudia procesos históricos y no leyes inmutables.

Lo que Marx estudia en El Capital es el origen, desarrollo y caducidad del sistema capitalista con base en las leyes que determinan la dinámica del capitalismo. Marx estudió la ley del valor que surge en la producción mercantil y dedujo de la contradicción entre valor de uso y valor de cambio los fenómenos y tendencias más importantes del capitalismo.

Una de las conclusiones más importantes de El Capital es que la dinámica de este sistema se basa en la extracción de plusvalía. El lucro privado basado en la explotación de la fuerza de trabajo es el principio y el fin, el alfa y omega del sistema capitalista, la clave que nos permite entender, por ejemplo, el desarrollo de la ciencia, la llamada globalización y la obsesión de la burguesía por implementar los profundos ataques a los niveles de vida de la población incluidas las privatizaciones. La globalización del capital –producto de la loca búsqueda de beneficios- es el fundamento objetivo del internacionalismo proletario, de su lucha a nivel global.

Si la extracción de plusvalía es la ley fundamental de la producción capitalista, la contradicción central descubierta por Marx es la que surge entre la producción social y la apropiación individual, es decir, entre el desarrollo de las fuerzas productivas modernas y las relaciones burguesas de producción. Esta contradicción central se manifiesta de manera violenta en las crisis de sobreproducción. Marx explicó la inevitabilidad periódica de estas crisis y su agudización progresiva. También expuso la tendencia general de la acumulación capitalista que resulta en la formación de un ejército industrial de reserva, la tendencia a la pauperización de los trabajadores, el aumento tendencial en la composición orgánica del capital –como consecuencia de la competencia burguesa- y la subsecuente tendencia a la caída de la tasa general de ganancia, factor que explica el movimiento de los capitales hacia las ramas más rentables y la reproducción ampliada del capitalismo.

Pero al demostrar toda esta dinámica, Marx dio la clave, por primera vez, para entender el socialismo y al comunismo moderno como el resultado de un proceso objetivo, como un resultado histórico necesario y no un proyecto ideal que bien podía haber surgido hace mil años. La dinámica del capitalismo y sus contradicciones exigen y apuntan hacia la ruptura de este sistema, dado que ese mismo desarrollo ha generado las condiciones para esa ruptura. El estudio del modo de producción capitalista muestra el papel central que el proletariado como productor de plusvalía, su lugar en la producción determina sus tareas históricas. Marx no considera a la clase obrera como la clase revolucionaria por factores sentimentales –porque los trabajadores le parezcan simpáticos (otras tendencias de izquierda quieren encontrar este criterio en factores sentimentales o románticos)- sino simplemente por su papel en la producción capitalista. Ninguna otra clase puede impactar y transformar el funcionamiento del capitalismo como la clase obrera, aunque la clase obrera no puede derrocar al sistema sin ganar políticamente al conjunto de los sectores explotados. Lenin explicó en un discurso inaugural para un monumento a Marx y Engels: “El gran merito histórico de Marx y Engels es haber señalado a los proletarios de todos los países cuál es su papel, su tarea, su misión, es decir, ser los primeros en lanzarse a la lucha revolucionaria contra el capital, y unir en esta lucha, en su derredor, a todos los trabajadores y explotados”.[16]

Así cobra sentido lo que Marx y Engels habían escrito en La Ideología Alemana acerca del comunismo: “El comunismo no es para nosotros, ni un estado que sea necesario crear, ni un ideal sobre el cual haya de reglamentarse la realidad. Nosotros llamamos comunismo al movimiento real que anula el estado de cosas actual. Las condiciones de este movimiento son resultantes de premisas actuales existentes”.[17] Estas palabras que fueron escritas por unos jóvenes que acababan de llegar a conclusiones revolucionarias, serán confirmadas de manera contundente en El Capital.

Por supuesto que el que las condiciones materiales estén maduras es sólo un lado de la ecuación. Marx no escribió El Capital para que los trabajadores nos echáramos a dormir a la espera de que las condiciones objetivas por sí solas alumbren el socialismo, como el movimiento automático del sistema solar provoca los eclipses. Marx explicó que la historia de la civilización hasta nuestros días es la historia de la lucha de clases, lo que implica el enfrentamiento de fuerzas vivas que entran a la batalla con diferentes grados de conciencia, organización y dirección política. La historia es el resultado de procesos objetivos y subjetivos entrelazados. Esto parece, a la mirada superficial, una contradicción en una teoría como el materialismo histórico que afirma que el desarrollo de las fuerzas productivas es en última instancia decisivo, pero se trata de una contradicción dialéctica. Las condiciones materiales ponen, por decirlo así, el escenario pero la clase obrera debe actuar. Un escenario sin actores no sirve pero, al mismo tiempo, los actores no existen al margen del escenario. El Capital fue escrito para armar teóricamente a una clase, la clase obrera; para animarla y fundamentar su organización; no para desarmarla o promover su pasividad, para “dormir la siesta” como decía Gramsci. Los que sostienen que la existencia de leyes histórico objetivas- que Marx demuestra en El Capital (al menos en lo que concierne a este sistema)- está en contradicción con la voluntad y la organización conscientes, no han entendido la dialéctica material del proceso histórico ni el mensaje final de El Capital. La “historia” no existe al margen de clases y hombres de carne y hueso.

Si hemos de estudiar El Capital de Marx en sus 150 años de edad, es solamente para comprender a fin de luchar, para organizarnos para destruir este sistema mediante la expropiando de la gran burguesía. En realidad no hay otro camino. O socialismo o barbarie, o como decía Rosa Luxemburgo más exactamente: “Socialismo para salir de la barbarie”.

 

[1]                                Engels, “La contribución a la crítica de la economía política, de Karl Marx”, p. 36.

[2]                                Marx, Contribución a la crítica de la economía política, México, Fondo de Cultura Popular, 1970, p. 67.

[3]                                Ibid. pp. 67-68.

[4]                                Ibid. p. 68.

[5]                                Trotsky, El pensamiento vivo de Karl Marx, Barcelona, Ediciones Celtas, 1972, p. 17

[6]               Marx, Contribución a la crítica de la economía política, p. 68.

[7]                                Lenin, Cuadernos filosóficos, en Obras completas, Tomo 42, México, Librería Salvador Allende, n/d., p., 172.

 

[8]                                Engels, “La contribución a la crítica de la economía política de Karl Marx”, México, Grijalbo, 1978, p. 34.

[9]                                Marx, El Capital, Tomo I, México, Fondo de Cultura Económica, 2001, p. XXIII-XIV.

[10]                             Marx, El Capital, Tomo I, México, Fondo de Cultura Económica, 2001, pp. 36-37.

[11]                             Engels, “Sinopsis de El Capital”, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, p.78.

 

[12]             Mehring, Franz; Karl Marx, la historia de su vida, Grijalbo, México, 1971, p. 388.

[13]                             Engels, “La contribución a la crítica de la economía política de Karl Marx”, México, Grijalbo, 1978, p. 36.

[14]                             Mayer, Gustav; Engels, una biografía, España, Fondo de Cultura Económica, 1979, p. 887.

[15]                             Karataev, Ryndina, Stepanov; Historia de la doctrinas económicas, Tomo I, México, Grijalbo, 1964, p. 556.

[16]                             Lenin, “Discurso en la inauguración del monumento a Marx y Engels” (1918), en: Marx, Engels, marxismo, China, Ediciones en lenguas extranjeras, 1980, p. 72.

[17]                             Marx, Engels; La ideología alemana, México, Ediciones de cultura popular, 1974, p. 55.

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